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______________________________________________ Biografía de Naguib Mahfuz Por MARÍA LUISA PRIETO Naguib Mahfuz Abd Al Aziz nació el 11 de diciembre de 1911 en el popular barrio de Al Gamaliyya, en el viejo Cairo, zona donde se concentran grandes monumentos islámicos como la mezquita de Al Azhar y la de Husayn, el famoso zoco de Jan Al Jalili y pintorescas calles que han dado título a algunas de sus obras. Hijo de un modesto funcionario, vivió una infancia feliz rodeado de sus seis hermanos, todos mayores que él, y de su madre, a la que siempre se sintió muy unido, sobre todo después de que sus hermanos se fueron casando y su padre falleció. Pasó nueve o diez años en Gamaliyya, escenario de sus primeras novelas realistas , como El callejón de los milagros y la Trilogía de El Cairo (Entre dos palacios, Palacio del Deseo y La azucarera), y también en obras posteriores, ya sea de forma simbólica o mediante alusiones a personajes o a imágenes. Su familia se traslada en 1920 a otro barrio más moderno: Abbasiyya, mencionado también frecuentemente por Mahfuz en sus novelas y relatos. Allí es donde experimentó el amor por primera vez, junto con otras sensaciones, por ejemplo la que le causó la revolución de 1919, provocándole un sentimiento nacionalista. Ya desde la escuela primaria, Naguib Mahfuz empezó a escribir, impulsado por el deseo de emular las novelas policíacas, históricas y de aventuras que constituían sus lecturas favoritas de esa época, y unos años después, en la escuela secundaria, se interesó por escritores árabes innovadores como Taha Husayn, Muhammad Husayn Haykal e Ibrahim Al Mazini, cuyo estilo literario le sirvió de modelo para sus relatos. Además de buen estudiante, en su juventud fue buen deportista y muy aficionado a pasear con sus amigos por los barrios viejos de la ciudad y a charlar durante horas en los cafés populares de El Cairo. Fiel a la amistad, no perdió esta costumbre de reunirse con sus amigos ni siquiera después del atentado de 1994 que estuvo a punto de costarle la vida, aunque a partir de esa fecha los encuentros no tenían lugar en sitios públicos por motivos de seguridad. Pero cuando la nostalgia se apoderaba de él, pedía que le llevaran en coche hasta un puente desde el que se veía el alminar de Husayn e imaginaba sus queridas callejuelas, pensando que tal vez ya no las volvería a pisar. Fue un joven inteligente fascinado por la filosofía, y los diferentes artículos que publicó en su etapa universitaria revelan su afán por conciliar los nuevos conceptos occidentales que invadían Egipto con las creencias tradicionales. En 1934 se graduó en la Universidad de Fuad I (actualmente Universidad de El Cairo). Obtuvo un trabajo en la secretaría de la Universidad –tras serle denegada una beca para ampliar estudios en Francia- e intentó compaginarlo con la elaboración de la Tesis Doctoral. Durante sus estudios de filosofía se había sentido atraído por la literatura y, para unir ambas disciplinas, decidió realizar la Tesis sobre estética islámica porque, en su opinión, era el estudio filosófico más cercano a la literatura. El tema concreto era: Mafhum al-yamal fi l-falsafa l-islamiyya (El concepto de belleza en la filosofía islámica). Sin embargo, no logró terminarla, probablemente porque el trabajo le ocupaba la mayor parte del día. Un año importante para él fue 1939, tanto en su trabajo como en su carrera literaria, porque comenzó a trabajar en el Ministerio de Asuntos Religiosos, donde permaneció quince años. Ello le permitió entrar en contacto con diversos aspectos de la vida y de las instituciones islámicas aunque, por otro lado, el trabajo restaba tiempo a las lecturas y a la actividad literaria. En 1954, dos años después de completar la Trilogía, se casó con Atiyya Ibrahim y vivieron los primeros años muy felices en una casa flotante, en Al Aguza, luego se trasladaron a un apartamento que daba al Nilo. Por esta época daba largos paseos por la orilla del Nilo, por la mañana temprano y por la tarde. En verano no escribía, debido a una alergia en los ojos, y por la tarde iba con frecuencia a Guiza para contemplar el Nilo durante largas horas. En 1955 comenzó a trabajar en el Ministerio de las Artes como asesor literario y cinematográfico hasta el año 1971 en que se retiró y pudo por fin dedicarse plenamente a la literatura. En 1988 se produjo un acontecimiento histórico sin precedentes: un escritor árabe, Naguib Mahfuz, obtenía el premio Nobel de literatura. Aunque ya era un escritor muy conocido en el mundo árabe, su fama se extendió rápidamente a Occidente, convirtiéndose en uno de los escritores más admirados y respetados. A pesar de todo, su natural modestia le impedía reconocer que era el escritor árabe en activo más importante. Se limitaba a decir: “Me considero un discípulo de los grandes maestros de la literatura árabe contemporánea; no obstante, considero que cada uno debe descubrir su propia individualidad” (Entrevista de María Luisa Prieto. Publicada en El Correo de las Letras, septiembre de 1996, p. 4) En 1994 fue víctima de un intento de asesinato cuando se disponía a subir en un coche para ir a su conferencia semanal. Sintió en el cuello algo semejante a las garras de un monstruo, y al ver a un individuo con un puñal en la mano comprendió lo sucedido. Entonces apretó la mano contra la herida para detener la hemorragia mientras su amigo Hashim Fathi conducía el coche hacia el hospital más cercano. Cuando llegaron, Naguib Mahfuz bajó del coche y quiso subir la escalera, pero perdió el conocimiento. Tras permanecer en cuidados intensivos, se fue recuperando, aunque sin poder leer ni escribir por haber perdido casi la vista y tener paralizado el brazo derecho. Sin embargo, su extraordinaria lucidez le hacía creer con firmeza que este periodo de violencia sería transitorio, sobre todo si se ponían los medios adecuados para que mejoraran las condiciones sociales y políticas que los habían generado porque la base de todas las religiones es el amor y la tolerancia. Naguib Mahfuz representa y simboliza Egipto, su país, hasta el punto de que el nombre de Egipto y el de Naguib Mahfuz son casi sinónimos. La relación del escritor con su país fue tanto espiritual como física, puesto que no salió de él más que en tres ocasiones, y por obligación: la primera fue al Yemen, en los años setenta, para participar en un congreso, la segunda a Yugoslavia, como miembro de una asociación de escritores egipcios y la tercera, en 1992, a Londres para someterse a una operación quirúrgica. Quizá la imagen más extendida de él sea la de un anciano enjuto y de gruesas gafas oscuras, sin embargo yo prefiero recordar al hombre fuerte y amable, siempre sonriente y dispuesto a ayudar que frecuentaba los cafés de El Cairo. Mi inmensa admiración por él me indujo a traducir sus obras (hasta ahora quince) y a aprender constantemente de este gran maestro que dominaba a la perfección una de las lenguas más bellas del mundo. |
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