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MAHMUD
DARWISH
Traducción
del árabe por EL
INVIERNO DE RITA Rita ordena la noche
de nuestra habitación: queda poco vino y estas flores son más
grandes que mi cama. Abre la ventana para
que se perfume la hermosa noche. Posa, allí, una
luna en la silla. Coloca, encima, el lago en
torno a mi pañuelo para que las palmeras se eleven cada vez más. ¿Te has vestido de
otra? ¿Te ha habitado otra mujer para sollozar así,
cada vez que tus ramas enlazan mi tronco? Frótame los pies y
frota mi sangre para que conozcamos lo que las tempestades y
los torrentes han dejado como legado de ti y de mí... Rita duerme en el
jardín de su cuerpo. Sobre sus uñas, las
moras del bosque iluminan la sal en mi cuerpo. Te
quiero. Dos pájaros se han dormido bajo mi mano... la ola del noble
trigo se ha dormido sobre su pausada respiración, una rosa roja se ha
dormido en el vestíbulo, la noche breve se ha
dormido y el mar se ha
dormido frente a mi ventana, al ritmo de Rita, asciende y desciende
en los rayos de su pecho desnudo. Duerme entre tú y yo, y no
cubras la profunda penumbra del oro entre nosotros. Duerme con una mano
en torno al eco y la otra
esparciendo la soledad de los bosques, duerme entre la camisa
pistacho y la silla limón, duerme cual caballo en las
banderas de la noche de su boda... El relincho cesa y cesan las colmenas
de abejas en nuestra sangre. ¿Estaba allí Rita? ¿Estábamos
juntos? Rita partirá dentro
de unas horas dejando su sombra cual celda blanca.
¿Dónde nos encontraremos? Pregunta a sus
manos, y yo miro a la lejanía. El mar está detrás
de la puerta y el desierto está detrás del mar. Bésame en los labios, dice. ¡Oh,
Rita!, le respondo. ¿Partiré de nuevo, teniendo uvas y un
recuerdo, abandonado por las estaciones entre el signo y la
expresión, como una idea? ¿Qué dices? Nada, Rita, imito al
héroe de una canción sobre la maldición
del amor asediado por espejos... ¿De mí? Y de dos sueños en
una almohada que se cruzan y huyen. Uno saca un cuchillo y
el otro confía los mandamientos a la flauta. No comprendo el
significado, dice ella. Ni yo, mi lenguaje
está hecho de fragmentos semejantes a la
salida de una mujer del sentido, y los caballos se suicidan al final del hipódromo. Rita bebe el té
matutino y pela la primera
manzana con sus diez lirios. Me dice: No leas ahora el
periódico, los tambores son los tambores y la guerra no es mi
oficio. Yo soy yo. ¿Tú eres tú? Yo soy el que te ve cual
gacela arrojándole sus perlas, el que ve a su deseo
corriendo tras de ti cual torrente, el que nos ve
perdidos en unicidad sobre la cama y en divergencia,
como el saludo de los desconocidos en el puerto. El exilio nos lleva en su viento, cual
hoja, y nos arroja en los hoteles de los extranjeros como cartas leídas
deprisa. ¿Me llevarás
contigo? Seré el anillo de
tu corazón desnudo. ¿Me llevarás contigo? Seré tu traje en países
que te han procreado para derribarte, seré un cofre de
hierbabuena que portará tu muerte y tú serás mío,
vivo o muerto. El guía se ha
perdido, Rita, y el amor, como la
muerte, es una promesa sin devolución ni caducidad. Rita me prepara el día cual perdiz que se
aduja en sus zapatos de tacón alto. Buenos días, Rita, y nubes azules para
los jazmines de tus axilas. Buenos días, Rita, y frutas para la luz
del alba. Rita, buenos días. Rita, retórname a
mi cuerpo para que las agujas de los pinos reposen
un momento en mi sangre abandonada. Siempre que abrazo a la torre de
marfil, huyen de mis manos dos palomas. Ella dice: regresaré
cuando los días y los sueños cambien, Rita. Es largo este invierno y
nosotros somos lo que somos. No tomes mis palabras para decir: yo soy la que viéndote
colgado en el recinto, te bajó y te vendó las heridas. Con sus lágrimas te
lavó, antes de esparcir sus azucenas sobre ti, y pasaste entre las
espadas de sus hermanos y la maldición de su madre. Yo soy ella. ¿Pero tú eres tú? Rita se levanta de mis rodillas,
visita a sus adornos y se recoge el pelo con una mariposa de plata. La cola de
caballo acaricia las pecas esparcidas como intensas gotas
de luz sobre el mármol femenino. Rita cose el botón de la
camisa mostaza. ¿Eres mío? Soy tuyo, si dejas
la puerta abierta sobre mi pasado. Yo tengo un pasado que veo
ahora naciendo de tu ausencia, del chirrido del
tiempo en la cerradura de esta puerta. Tengo un pasado que veo,
posado como la mesa, junto a nosotros, tengo la espuma del
jabón, la miel salada,
el rocío
y el jenjibre. Para ti, si quieres,
los ciervos, las llanuras, y las canciones, si
quieres, para ti las canciones y las sorpresas. Yo he nacido para
amarte, caballo que hace
bailar a un bosque y en el coral surca tu ausencia. He nacido dama para
su caballero. Tómame para que te escancie un vino definitivo,
para curarme de ti en ti. Dame tu corazón: he nacido para
amarte. He dejado a mi madre
en los antiguos salmos maldiciendo al mundo y a tu pueblo y he encontrado a
los guardianes de la ciudad entregando tu amor al apetito del fuego. He nacido para
amarte. Rita casca las
nueces de mis días y los campos se ensanchan. Esta tierra pequeña
se reduce para mí a una habitación en una calle en el piso bajo de
un edificio en la montaña que se asoma a la
brisa del mar. Tengo una luna color vino, una piedra pulida, una parte del espectáculo
de las olas viajando por las nubes, una parte del libro del Génesis,
del libro de Job y de la fiesta de la
cosecha, una parte de lo que he poseído y del pan de mi madre. Tengo una parte de
la azucena de los valles en los versos de los enamorados antiguos. Tengo mi parte de la
sabiduría de los enamorados: la víctima ama el rostro de su asesino, si cruzas el río,
Rita. ¿Y dónde está el
río? Dice ella. En ti y en mí hay
un único río, le respondo, y de mí fluye
sangre y memoria. Los guardianes no me
han dejado una puerta para entrar. Me apoyo en el horizonte y miro hacia abajo, hacia arriba
alrededor y no encuentro horizonte para
mirar. No encuentro en la claridad sino mi mirada dirigiéndose hacia
mí y le digo: regresa de nuevo a mí, y yo quizás vea un horizonte que un
mensajero restaura con una carta de dos
breves palabras: tú y yo, una pequeña alegría
en una cama estrecha, una alegría mínima. Todavía no nos han
matado, Rita, ¡qué pesado es este invierno, Rita, y qué frío! Rita canta sola a las cartas de su
lejano exilio nórdico: he dejado a mi madre sola junto al lago, sola,
llorando mi infancia lejana tras ella, y todas las noches
duerme sobre mi pequeña trenza. Madre, he roto mi
infancia y me he convertido en una mujer que cría a su pecho en los labios del
amado. Rita gira sobre Rita sola: no hay tierra para
dos cuerpos en un cuerpo y no hay exilio para el exilio en estas
habitaciones pequeñas. La salida es la entrada. En vano cantamos
entre dos precipicios. Partamos para que aparezca el camino. No puedo, ni yo
-dice ella sin decirlo, y calma a los
caballos en su sangre: ¿vendrá la golondrina de una tierra
lejana, oh extraño y amado, a tu jardín solitario? Llévame a una
tierra lejana. Llévame a la tierra
lejana, solloza Rita, ¡qué largo es este invierno! Y rompe la porcelana
del día en la reja de la ventana, posa su pequeño revólver
en el borrador del poema, arroja las medias en
la silla y se rompe el zureo. Ella parte, descalza, hacia lo desconocido y la hora de mi partida llega. ____________________________________ |
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