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SAADI
YUSUF[1]
Traducción del árabe por:
EL LENGUAJE
DEL AVE TOTANO
(Publicado en el periódico Al-Hayat, el 24 de abril de 2003)
Cuando dijimos: Nos hemos alejado de las palmeras,
los mares aplaudieron con pájaros y olas. Había un cielo celeste bajo nuestras
pestañas. Lo imposible no ha de ser el camino a la taberna de la orilla. La
camisa que palpitaba al viento era nuestra enseña de estrellas. Nos aproximamos
a la fantasía hasta rozar el pórtico y su copa, y tendimos el tapiz de las
acequias para congratularnos con la noria.
No es justa la tierra, trasnochemos con las
preguntas del mar en la noche y al alba anclemos los puertos. Todavía hay
escarcha en los atracaderos y los cafés se adornan orgullosos con ropajes de
peces saltarines y de redes. El musgo todavía reverdece sobre la roca y la copa
tiene café con alcohol. En la lejanía, en una oscura llovizna, aparecen las
barcas de pesca y en las cercanías, un gorro que flota.
No nos acostumbramos al mar. Aquellos
desiertos nos hacen señales en la sangre como pañuelos. En el sosiego del sueño
despiertan para poblar nuestros sueños y dicen: ¿Hacia dónde es esa huida?
Por sorpresa vislumbramos una caravana de camellos que caminan sobre el agua, oímos
los cascabeles, pero nos refugiamos en la quietud de la fantasía y después nos
enrollamos el manto como un turbante. Somos marineros con turbantes. Camelleros
en los mares. Un duro retiro.
¡Dios de los arrabales! Nos has conservado
el lenguaje del ave totano, y el grito del pájaro: ¡Shilú! ¿Por qué en un
instante se transforman las ciudades en una nube?
¡Dios de los arrabales! ¿Es mucho pedir
tener una casa? A los animales salvajes les has otorgado el derecho al sueño
cuando cae la noche, a las plantas les has concedido la languidez, y a los pájaros,
la calma del bosque en la bendición de la tarde. Padre mío, Dios de los
arrabales, tenlo presente, no te has equivocado.
Hemos envejecido, y nuestros nietos se
deslizan unas veces sobre la nieve y otras sobre la arena. Y nuestros hijos son
asesinados. Las batallas están perdidas, Dios mío. ¿No podrías impedirlas? Tú
eres el Todopoderoso, ¿nos hallamos, pues, fuera de tu poder? Hoy, una cosa, mañana,
otra, y pasado mañana... ¿Comienza la oración? Estoy en casa ahora, en un
pueblo inglés. Cae la nieve, el gato maúlla y mi vino está en la tinaja.
La tierra es nuestra morada, de nosotros,
sus hijos. Se decía: Quien cultive la tierra sacará provecho. ¡Cuánto
trabajamos hasta ulcerársenos la piel! ¡Cuánto se cansó la tierra! Quizá
huyó aquel ángel, quizá convenció a las criaturas de que rezaran. Nuestro
pueblo estaba sobre el agua. Nuestras chozas eran de caña y de barro; nuestras
ropas, burdos tejidos. Es la tierra. Pero nuestros gritos estaban en los límites
del canto, y nuestras estaturas eran elevadas.
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