| ||||||||||||||||||||||||
|
|
KAMAL
SEBTI[1] Traducción del árabe por:
Kamal Sebti LA
ÚLTIMA DE LAS CIUDADES SAGRADAS
Entonces, es Asbah...
Aquello es un perro; y
eso, cuatro puertas y cien torres.
¿Cómo acudiste a
nosotros? Felices, escondidos detrás de las colinas. Una mujer desflorada excavó
su pozo. Un fuego se enciende al principio de la noche... jóvenes inmortales...
Una flauta por un dolor oculto detrás de las comarcas. Un recelo: descienden
unos extraños de un collado para preguntar a un anciano acerca del que trae el
año. Se vuelve hacia las manos de un agricultor a quien interrogan sobre una
casa detrás de sus ojos. Señala con sus manos a un erudito que había emigrado
en tiempo de lluvia. Un recelo... y varios países. En la nube norteña hay leña
del sur. Dice quien estaba en el ejército del faraón: ha sido olvidada una
palabra. Sale otro de un montón de madera para pronunciarla. No articulaban.
Era un tiempo que daba licencia a la locura de las colinas, y quien no conocía
la palabra la balbuceó sobre una roca. Otro despertó con ella a un vagabundo.
Atabales y ataúdes se precipitan hacia unos puertos pétreos. Construyen
los enviados unas casas sobre un río, cuyos dedos se aferran a lo alto del mar.
El polvo borra las huellas de los emigrantes. Las mujeres desplegarán su peste
en la encrucijada de dos caminos. Se ve a un hombre que reúne guijarros
habitualmente al comienzo de la mañana. Se refugia a la sombra de un templo. Llámalo
cuando los atabales enumeren los azotes de una espalda: mil y una columnas...
Varios ríos, cuatro
mares y un collado...
Marineros, pescadores
y monjes norteños...
Festejan las palabras
su enigma; festejan los puertos el grito de unos hechiceros, un
verano inerme y arañas. Festeja la palabra la salida de las colinas: los
amuletos de los locos, historias de ahogados, poetas, un país...
Rescata una mano a un ahogado,
labios para un beso
sobre la frente...
Aclaman los albañiles: nuestra herencia, salvación de las colinas. No
permaneció quien no escuchó al collado. Caballos en forma de viento se
recuestan en extraños mapas, Nawbahar. No cierres tus ojos todavía; no cuelga
todavía un gato degollado del techo; no ha encontrado el joyero el anillo. Se
decía que había una puerta de piedra que conducía al cementerio. A sus
afueras se sentó un sabio para escuchar lo que parecía el canto. Pasó una
noche y otra, y el sabio dio la espalda a una luna sumergida en un espejo y
articuló una letra que parecía la dal, y desapareció la luna... Se
quebró el espejo. Abrió la puerta una mujer y entró con el sabio en una
caverna negra. Los guardianes de este cementerio preguntarán al sabio de la
cueva: ¿qué país es un país? Dirá quien quebró el espejo: el país feliz,
collados. Será sepultado en la caverna, y los guardianes colgarán otra luna
sobre la puerta. Quizá pase otro tiempo semejante a la d_l.
Sangre de la pata de un chacal junto al horno de un leñador que perdió
una letra del nombre de un visitante invernal.
Un árbol sombrea un
templo de monjes en Tikrit; después de una marcha de un día, en una hora hacia
el oeste, llámalo cuando se oculte el dicho: Suaaba, o llámalo el Mausoleo de
los Cuarenta. Esperamos a los mensajeros que nos traían lo que se nos ocultaba.
Dijeron que se había desplomado la casa de un enviado rumí sobre el río. Decía
todas las mañanas: esperad lo que va a venir de un país al que nunca oísteis
mencionar. Moría solo. Clamaron los transeúntes: murió el extranjero,
acarreamos su cadáver en la noche, arrojamos al río las velas de nuestro único
loco y nos ausentamos en nuestras casas a la espera de que los mensajeros nos
trajeran lo que se nos había ocultado cada vez.
Una nube viuda se desmiga sobre una ciudad egipcia; espera el griego la
cosecha de algodón. Ése es un templo que espera ser adornado con un alminar.
Llámalo cuando un transeúnte olvide saludar al río, la Mezquita de los
Perfumistas. Las gradas de los sabios no daban cabida a todos... dijo el
historiador. Unos transeúntes aclaman a unos mapas. Una mano rescata a un
ahogado. Olvida el griego la cosecha de algodón, y su báculo señala la
costumbre de los emigrantes de insultar a todas las ciudades. Se alejan los
mapas, se aleja aquella nube con nosotros. Se apoya ese ciego en el tronco de un
árbol para preguntarle a un leñador por un prolongado invierno. Espera el leñador
a que duerma el ciego para ver las ruinas de una nube que cae como una ciudad.
Dice el ciego: conozco esa ciudad. Braza. No me lavé en el antiguo zoco. Me
delataron los cocineros ante el jefe del ejército. Me ocultaron los mozos de
carga y los conductores de carro en tus barrios. Dijeron los mensajeros:
perdimos un viaje en una hora hacia el oeste. Olvida el historiador la
perplejidad del leñador; descuida una letra en el camino al invierno de unos
enviados...
Rescata una mano a un ahogado,
labios para un beso
sobre la frente... _________________________________________________ ______________________________________ |
|
|