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Para nuestra patria cautiva, la libertad de morir consumida de amor (Mahmud Darwish)


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SAADI YUSUF
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Traducción del árabe por:
Milagros Nuin

MI MADRE ME DIJO UN DÍA

 

Mi madre

me dijo un día:

“Hijo mío,

cuando viniste a este mundo

sentí un relampagueo en los ojos”,

y mi madre sabía que la conocía.

No la miré a los ojos, desconocía su color,

debían ser negros.

Aún siento cada tarde la bendición

de sus lágrimas derramadas por mí.

Yo, el hijo perdido, el pobre,

el  extraviado entre los cielos de los continentes

como estrella errante.

 

Madre,

cúbreme con la seda de tu polvo,

con la luz que surge de la oscuridad de tu tumba.

Cúbreme con el aroma

y el color de tu leche.

¿Qué pueblo es éste, madre mía?

¡Cuántos caminos hemos recorrido!

¡A cuántos balcones nos hemos asomado para preguntar un significado!

 

Pero no he sabido, madre,

hasta hace tres años, que el mundo es una cárcel

habitada por muertos.

No he sabido, hasta hace tres años,

que sólo tú eres mi amiga

y el jardín de mis sueños

 

Estábamos en una cabaña de hojas de palma y ramas,

una choza en el huerto de Naydi,

que había construido mi padre con las manos desnudas.

Un arroyo rozaba la puerta

y nos lamía las puntas de los pies con peces de plata.

No era nuestra choza un refugio de verano,

era nuestra morada.

Recuerdo que descendíamos al agua,

chapoteábamos,

y rozábamos la superficie como anguilas.

Éramos pobres,

y lo desconocíamos.

 

Pero el verano pasará,

y los peces y las anguilas se sumergirán en el fondo.

Vendrán las lluvias,

llegará el frío

y también el hambre del estornino.

Nos mojaremos, al dormir, con el agua que cae del techado

y reiremos,

reiremos

temblando, mientras los dientes castañetean de frío

y las extremidades se agotan de hambre.

Le pediré refugio a mi madre.

 

Ahora

casi veo el rostro borroso de mi padre.

¡Qué alejado está este rincón del litoral con sus campanarios

de nuestro pueblo, donde flotan las palmeras!

Cierro los ojos para ver el rostro de mi padre.

Era hermoso.

Mi abuelo le dijo al nacer:

“Yo te doy el nombre de Yusuf”.

No recuerdo haber hablado a mi padre

ni que él me hablara.

Pero su rostro se repite ante mí ahora:

la kufiya blanca,

la nariz afilada,

los ojos grandes.

¿Debo preguntarme si mi padre me llevó,

como un pájaro,

sobre sus hombros?

¿Por qué no se lo pregunté a mi madre?

¿Acaso atesoro su blanca imagen en la memoria?

¿O bien la creé?

¿La perfilé a mi gusto

hasta darle forma?

 

Y ahora,

en este rincón del litoral,

mientras la lluvia cae desde el alba sin interrupción,

percibo el olor de su túnica.


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Poema extraído del diván Una vida franca (Haya Sariha). Damasco 2001

 

Colaboradores:

Carolina Fraile, Milagros Nuin,
Iris Hofman,
Yumana Haddad
 
Abdul H.Sadoun, Muhsin Al Ramli.

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Ahmed Hijazi
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