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MAHMUD
DARWISH
LAS ENSEÑANZAS DE HURIYYA[1]
I Un día
pensé en partir. Un jilguero se posó en
mi mano y se durmió. Me bastaba
con acariciar el pámpano de una parra,
deprisa, para que
ella supiera que mi copa estaba llena, acostarme
temprano para que
ella viera mi sueño y prolongara su noche para velarlo, que una de
mis cartas llegara para que
ella supiera que mi dirección había cambiado en el seno
de las cárceles y que mis días
revoloteaban en torno a ella y ante ella. II Mi madre
cuenta mis veinte dedos de lejos. Me peina
con un mechón de su cabello dorado. Busca en mi
ropa interior a las mujeres desconocidas y zurce mis
calcetines rotos. No he
crecido en sus manos como deseábamos, ella y yo. Nos
separamos en la pendiente de mármol. Las nubes
nos hicieron señas, a nosotros y a unas
cabras que heredarán el lugar. El exilio
nos crea dos lenguajes: Dialecto,
para que las palomas se entiendan y guarden
el recuerdo, y literal,
para que explique a las sombras su sombra.
III Permanezco
vivo en tu océano. Tú no me
has hablado como una madre a su hijo enfermo. He
sufrido la luna de bronce sobre las
tiendas beduinas. ¿Recuerdas
el camino de nuestro exilio hacia Líbano,
donde te olvidaste de mí y de la
bolsa de pan? (El pan era de trigo). No grité
para no despertar a los guardianes. El perfume
de rocío me posó sobre tus hombros, gacela que
perdió allí su albergue y su macho.
IV No tienes
tiempo para las palabras sentimentales. Has amasado
la albahaca todo el mediodía, y para el
zumaque has cocido la cresta del gallo. Sé lo que
carcome tu corazón, traspasado por el pavo
real, desde que
te cazaron por segunda vez del Paraíso. Nuestro
universo entero ha cambiado y nuestras voces se han
transformado. Hasta el
saludo entre nosotros ha caído sin ruido, cual botón
de un traje en la arena. Dame los
buenos días, dime
cualquier cosa, para que la vida me trate con
ternura.
V Ella es la
hermana de Hayar, hermana de madre. Llora con
las flautas de los difuntos que no han muerto. No hay
ninguna sepultura alrededor de su jaima para que
sepa cómo se entreabre el cielo, y no ve el
desierto detrás de mis dedos para
distinguir su jardín en el rostro del espejismo. El tiempo
anciano la lleva corriendo a una broma
necesaria: su padre ha volado
como el circasiano en el caballo de la boda, y su
madre ha preparado, sin llorar, la alheña para la
otra mujer de su esposo y ha
examinado su ajorca.
VI Nuestros
encuentros no son sino despedidas en el cruce
de conversaciones. Me dice,
por ejemplo: cásate con cualquier forastera, más bella
que las hijas de nuestro barrio. Pero no
creas a otra mujer que a mí, ni creas
siempre a tus recuerdos. No te
consumas para iluminar a tu madre. Ese es su
hermoso deber. No anheles
una cita con el rocío. Sé
realista, como el cielo. No añores el manto
negro de tu abuelo ni los regalos de tu
abuela. Lánzate al
mundo cual potro. Sé tú
mismo allá donde estés. Lleva sólo el
peso de tu corazón, y regresa, si tu país
se extiende a todos los países y cambia de
situación. VII Mi madre
ilumina las últimas estrellas de Canaán en
torno a mi espejo y arroja su chal en mi último poema. _______________________________ |
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